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Lenin y el robo del Rolls-Royce en 1919

El día que el gánster Yákov Kuznetsov intentó robar el Rolls-Royce de Lenin en Moscú. Una anécdota histórica sobre el crimen en la URSS revolucionaria.

Lenin y el robo del Rolls-Royce en 1919
Imagen: xataka.com. Uso informativo; los derechos pertenecen a su titular.

El encuentro inesperado en las calles de Moscú

Durante el gélido invierno de 1919, un suceso extraordinario tuvo lugar en las calles de Moscú que cambió el curso de la historia de manera accidental. El robo del Rolls-Royce de Lenin representa uno de esos momentos en los que el destino nacional estuvo suspendido de un hilo. El 1 de enero de 1919, el líder bolchevique viajaba hacia las afueras de la capital para visitar a su esposa enferma, Nadia Krúpskaya, acompañado por su hermana Mariya e Iván Chabanov, su guardaespaldas de confianza.

El vehículo elegido fue un flamante Rolls-Royce negro, emblema del poder revolucionario soviético. Lenin, quien posteriormente adquiriría nueve automóviles de este modelo de lujo, comprendía el valor estratégico de poseer máquinas de transporte confiables en territorio hostil. En 1921 incluso mandó adaptar esquíes a un modelo 40/50 Silver Ghost para desplazarse por las regiones nevadas de Rusia. Sin embargo, aquella tarde de Reyes, el líder de la URSS desconocía que su viaje sería interceptado por criminales que no conocían su identidad.

El encuentro con Yákov Kuznetsov, alias El Monederos

Mientras recorrían un camino remoto de Moscú, Lenin, Mariya y Chabanov fueron detenidos por lo que parecía ser un control de seguridad. Varios hombres uniformados les ordenaron detener el vehículo. El guardaespaldas mostró recelo inmediato, pero Lenin insistió en que debían cumplir con las órdenes como cualquier ciudadano soviético. Cuando bajó la ventanilla, se encontró con un gánster de alrededor de treinta años, curtido en las prisiones siberianas, con una sonrisa cruel que parecía un corte sangriento en su rostro endurecido por las duras tierras rusas.

El criminal era Yákov Kuznetsov, conocido en los bajos fondos moscovitas como El Monederos, un apodo derivado de su especialidad en robos y asaltos. Con apenas 29 años en 1919, Kuznetsov ya acumulaba más de una decena de antecedentes delictivos. Se autoproclamaba rey de Moscú cuando caía la noche, aunque su ignorancia sobre la política soviética era abismal. El nombre de Lenin no le decía nada. Tampoco reconoció la poblada perilla, el cráneo calvo ni la mirada irónica de quien había transformado Rusia.

—¿Qué sucede? Soy Lenin —pronunció el líder bolchevique con la autoridad que le confería su posición.

—¿Y qué si eres Lenin? —respondió el vándalo sin perder su sonrisa tosca—. Yo soy El Monederos y mando en esta ciudad cuando anochece.

El asalto al presidente de la URSS

Sin saber que trataban con el presidente del Consejo de Comisarios del Pueblo de la RSFS, Yákov y sus cómplices obligaron a Lenin, Mariya y Chabanov a descender del automóvil. Les arrebataron varios documentos personales y la pistola Browning que portaba el guardaespaldas. Posteriormente los abandonaron en plena ventisca moscovita, desorientados y entregados a su suerte en una ciudad donde los índices de criminalidad se habían multiplicado entre diez y quince veces desde antes de la revolución.

El gánster pecaba de ignorancia, pero no carecía de inteligencia. Cuando sus cómplices examinaron los documentos robados, descubrieron la verdadera identidad de su víctima. Inmediatamente cambiaron de estrategia. De acuerdo con el Código de Honor de los vori v zakone —el mundo de los ladrones rusos—, decidieron que Lenin sería perfecto como rehén para obtener un rescate jugoso. No obstante, Chabanov, el experimentado guardaespaldas, anticipó esta maniobra y apartó al máximo líder soviético de la vista de los criminales, ocultándolo junto a su hermana en un lugar seguro.

Las consecuencias del atentado fallido

El incidente del robo del Rolls-Royce de Lenin quedó registrado en los archivos de la KGB. Décadas después, el ensayista ruso Vitali Shentalinski halló referencias a este episodio en los expedientes sobre los grandes literatos rusos Isaak Bábel y Mijaíl Bulgákov, ambos acosados por las autoridades comunistas. El profesor Mark Galeotti, en su obra Vory: la ley del crimen, resalta cómo este suceso ilustra la tenue línea entre el azar y la historia política.

Las autoridades soviéticas desataron una persecución despiadada contra Yákov Kuznetsov. La temible Checa, policía secreta fundada en 1917 por Feliks Dzerzhinski y precursora de la KGB, no escatimó recursos para apresar al criminal que había asaltado al líder bolchevique. Sin embargo, gracias a sus contactos en el hampa moscovita y a su sangre fría, El Monederos logró eludir a sus perseguidores durante meses, desapareciendo entre las sombras urbanas.

La suerte de Kuznetsov tuvo límites. En julio de 1919, apenas seis meses después del audaz robo del Rolls-Royce de Lenin, el gánster cayó fulminado bajo una lluvia de balas. El Comité Revolucionario Militar había anunciado que eliminaría a cualquier maleante responsable de atracos, tiroteos o derramamiento de sangre. Quizás si El Monederos hubiera sido más discreto en sus actividades criminales o si hubiera permanecido en la ignorancia sobre la identidad de su víctima, hubiera prolongado su vida más allá de aquel año fatídico.

La ambigüedad de Lenin ante el crimen

Como subraya Galeotti, Lenin cultivó deliberadamente una ambigüedad estratégica hacia los criminales comunes. Al clasificar a los ricos y a los delincuentes como enemigos del socialismo, dejaba fuera implícitamente a otros tipos de criminales, convirtiéndose en su aliado potencial. Este pacto tácito durante la Guerra Civil moldearía el resto de la era soviética, facilitando el surgimiento posterior de los vori v zakone, esos brutales bandidos rusos cubiertos de tatuajes que profesaban un código de conducta férreo.

El incidente del robo del Rolls-Royce de Lenin permanece como testimonio de cómo la Historia, en ocasiones, evita cambios radicales por meros accidentes. Si Yákov Kuznetsov hubiera leído más periódicos, si hubiera conocido el rostro de su adversario, si Chabanov no hubiese actuado con rapidez, el destino de la URSS y posiblemente del siglo XX habría sido completamente diferente. Más de un siglo después, la anécdota del audaz asalto al máximo líder soviético demuestra que la Historia se escribe sorteando constantemente al crimen, al azar y a la ignorancia.

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