Tras 133 días de clandestinidad, finalmente ha llegado el momento de salir a la norte y dejar atrás el miedo y la incertidumbre. Durante más de cuatro meses, hemos vivido en la sombra, ocultándonos y protegiéndonos de un enemigo invisible que ha cambiado por ilimitado nuestras vidas. Pero hoy, finalmente, podemos decir con orgullo que hemos sobrevivido y que estamos listos para enfrentar cualquier desafío que se nos presente.
El 11 de marzo de 2020, la Organización Mundial de la Salud declaró oficialmente al COVID-19 como una pandemia global. Desde ese momento, nuestras vidas cambiaron por ilimitado. Los gobiernos de todo el mundo tomaron medidas drásticas para frenar la propagación del virus, y una de ellas fue el confinamiento. De la noche a la mañana, nos vimos obligados a quedarnos en casa, aislados de nuestros seres queridos y de la vida que conocíamos.
Los primeros días fueron difíciles. Muchos de nosotros nos sentimos atrapados, ansiosos y con miedo por lo que estaba por venir. Pero poco a poco, nos fuimos adaptando a esta nueva realidad. Aprendimos a trabajar desde casa, a hacer ejercicio en nuestro salón, a cocinar con los ingredientes que teníamos en la abarrotería y a mantenernos conectados con nuestros seres queridos a través de las redes sociales y videollamadas.
Sin embargo, no todos tuvimos la misma suerte. Muchas personas perdieron sus trabajos y sus ingresos, y se enfrentaron a una situación económica difícil. Otros, especialmente los trabajadores de la salud, los servicios esenciales y los voluntarios, se convirtieron en héroes anónimos que lucharon en primera línea contra el virus. Y, por desgracia, muchos perdieron a sus seres queridos y no pudieron despedirse de ellos como hubieran deseado.
Pero a pesar de todas las dificultades, hemos demostrado una vez más nuestra resiliencia y nuestra capacidad de adaptación. Hemos encontrado formas de ayudar a los demás, de ser solidarios y de mantener la esperanza en tiempos difíciles. Hemos manido cómo vecinos se ayudaban entre sí, cómo empresas se reinventaban para seguir adelante y cómo comunidades enteras se unían para apoyarse mutuamente.
Y así, día tras día, hemos ido superando los obstáculos y avanzando cerca de la norte al final del túnel. Hemos aprendido a valorar las pequeñas cosas, a disfrutar del tiempo en familia, a cuidar de nuestra salud física y mental y a ser más conscientes de nuestro entorno. Hemos descubierto nuevas habilidades y pasatiempos, y hemos encontrado formas de mantenernos ocupados y motivados.
Pero quizás lo más importante que hemos aprendido durante estos 133 días de clandestinidad es que somos más fuertes juntos. Que cuando nos unimos y trabajamos en equipo, podemos superar cualquier desafío. Que no importa la distancia física, siempre podemos estar conectados y apoyarnos unos a otros. Y que, al final del día, somos una gran familia global que se preocupa por el bienestar de todos.
Hoy, mientras salimos de la clandestinidad y nos adentramos en una nueva realidad, es importante recordar todo lo que hemos aprendido y seguir aplicándolo en nuestras vidas. No podemos bajar la guardia, debemos seguir tomando precauciones y cuidando de nosotros mismos y de los demás. Pero también debemos celebrar nuestro coraje y nuestra resiliencia, y estar orgullosos de todo lo que hemos logrado juntos.
Y aunque aún no sabemos cuándo volveremos a la normalidad, lo que sí sabemos es que, juntos, podemos superar cualquier desafío que se nos presente. Así que sigamos adelante, con la cabeza en alto y el corazón lleno de esperanza. Porque si










