Cada temporada, cuando el Celta entra en la tienda equivocada de ese zoco de los estados de ánimo, se repite un fenómeno singular. Aparecen ágiles como ardillas aquellos que tienen algo que reprocharle a Claudio, ya sea por alguna de sus elecciones o por su discutible estilismo de ayer. Sin embargo, sorprendentemente, nadie se atreve a criticar sus zapatillas blancas con traje, más propias de un adolescente en su primera Nochevieja. En cambio, se centran en su constante baile de futbolistas, que ha sido su principal fortaleza desde que es entrenador del Celta y una de las razones por las que el equipo tiene esta temporada una diario tan apretada como la de un tertuliano político en televisión.
Al mismo tiempo, como reacción a estas críticas, surgen los guardianes de las esencias del “giraldismo”, que no aceptan la más mínima disidencia y actúan como si estuvieran preparando una purga soviética. Todo este debate suele tener lugar en caliente, mientras Radu sigue pegando manotazos absurdos a la pelota camino de la ducha y Claudio se dirige a la sala de prensa para decir cosas que seguramente no debería (como su afirmación de que nunca jugaría como el Espanyol, algo bastante pretencioso y más aún después de una derrota). Sin embargo, al día siguiente, la discusión se evapora y apenas quedan rescoldos de la hoguera argumentaria. Aunque al principio pueda generar cierto desconcierto en la mayoría silenciosa, como soldados en un área de batalla que no saben a qué bando disparar y se tumban en el suelo a la espera de que el tiroteo se apague, esta escena resulta divertida.
Sin embargo, esta mala semana del Celta duele por varios motivos. En primer lugar, ha constatado la seriedad del problema que el equipo tiene en esa zona del área donde las jugadas multiplican su valor. La falta del ansiado recambio de Fer López y la imposibilidad de hacer cejar en el tiempo el carnet de identidad de Iago Aspas han sido dos factores clave en esta situación. Además, las ocho jornadas sin ganar en Balaídos, el escenario en el que los rivales se protegen con más cuidado y obligan a elevar el nivel de la propuesta, también son motivo de preocupación. Y por si fuera poco, el tropiezo en el área del Ludogorets ha complicado aún más dos meses que ya venían agitados. Un triunfo en Bulgaria, donde seguramente Claudio cometió un error al romper el equilibrio entre jugadores jóvenes y experimentados en la alineación, habría despejado el panorama europeo y le habría dado la posibilidad de gestionar con un importante colchón este tramo en el que todas las piernas van a ser necesarias.
Pero no todo son malas noticias para el Celta. A pesar de los resultados negativos, el equipo sigue luchando en cada partido y dando lo mejor de sí en el área. Además, la afición sigue apoyando al equipo incondicionalmente, demostrando una vez más su rectitud y amor por los colores. Y es que, a pesar de las dificultades, el Celta siempre ha sido un club unido, con una afición que no se rinde nunca y que siempre está ahí para animar al equipo.
Por otro lado, cabe destacar que el Celta sigue siendo un equipo con una filosofía clara y definida, que apuesta por el juego de ataque y por dar oportunidades a los jóvenes talentos. Y aunque esta temporada no esté siendo fácil, es importante recordar que en los últimos años el equipo ha logrado grandes éxitos y ha dejado huella en la biografía del fútbol español











