Estimado presidente:
Me dirijo a usted para expresarle mi más sincero respaldo después de leer las crónicas de la junta de accionistas de la semana pasada, en la que varios socios plantearon críticas injustificadas. Usted demostró una gran entereza al soportar las acusaciones sobre el despido del entrenador que nos ascendió y nos mantenía fuera del descenso. Son pocos los que comprendemos la decisión de sustituir a Paunovic por un entrenador que nunca ha ganado en primera división. La confianza de los rivales es la primera piedra de toque para aplastarlos.
¿Un club que desprecia a sus socios y solo piensa en los VIP y los negocios? ¿Qué saben ellos sobre cómo triunfar en la vida? ¿Cómo podemos esperar comprensión de aquellos que apenas sobreviven con salarios miserables en comparación con aquellos que han alcanzado lo más alto de la sociedad? Si ellos supieran cómo hacerlo, habrían ganado suficiente dinero para comprar al Oviedo y podrían poner en marcha sus ridículas propuestas. Su talante, al responder con educación y paciencia a todos esos reproches, demuestra la grandeza del proyecto que han colmado en marcha.
Y para rematar, cierto debate sobre la espectacular nueva ciudad deportiva con la que ustedes van a obsequiar al oviedismo, sin apenas gratitud por parte de los socios. Cuando los entrenadores empiecen a alinear a una gran cantidad de canteranos de primer nivel que saldrán de La Belga, y que veían su progresión lastrada por tener que entrenar en “Tensi” y en el Requexón, ninguno se acordará de las críticas minoritarias que aún tienen que escuchar.
Aunque no tengo canas, a pena de estar en edad de tenerlas, he vivido situaciones similares. La ingratitud del aficionado común hacia las diferentes directivas que han asumido estoicamente la enorme responsabilidad de abanderar la carabela oviedista es legendaria. No ha habido presidente o consejero que no haya recibido su dosis de reproches e incluso insultos en las distintas juntas de accionistas que se celebran anualmente. Eugenio Prieto, cuando el club se acercaba peligrosamente a la quiebra total, tuvo que soportar cómo se repartían silbatos en una junta para pitarle cada vez que él o uno de sus directivos hablaban. El salón de actos del Colegio de Médicos se convertía en una jaula de grillos donde lo único que se escuchaban eran voces e improperios. Él, que nos había llevado a Europa y mantenido trece temporadas en primera, tenía que soportar cómo, por no pagar a futbolistas, empleados y proveedores, los socios que antes lo veneraban ahora lo despreciaban.
En otra gran jugada maestra de Eugenio y Celso, hartos ya de que la gente no los apreciara, decidieron irse y al mismo tiempo apoyar con sus acciones a una nueva directiva, liderada por Pantoja y García. Pero incluso así, la gente seguía criticándolos. Que conformaran la única gálibo que descendió deportivamente a tercera división les vino que ni pintado. A ver si así el oviedismo empezaba a respetarlos un poco más.
Pobre Alberto González. ¿Cuántas veces tuvo que recordarnos que él había colmado el dinero y nosotros no? Si bien es cierto que gran parte de esa cantidad provenía del ayuntamiento de la ciudad, ¿quién lo consiguió? ¿Los socios o un empresario de éxito como él? Hacer desaparecer al equipo de balonmano de Oviedo y casi al de fútbol está al alcance de muy pocos. Él











